Era un pasillo largo,
se iluminaba por candiles
y farolas.
Sí,
farolas y candiles a miles
entre las paredes
de un amargo pasillo,
pero ancho
para que pasasen al lado
el orgullo y el olvido.
Nunca se estrechó,
nunca iluminaron menos
las farolas,
nunca se apagaron
los candiles...
nunca llegó el final
pues el paseo era eterno:
nunca iba a acabar
ni a cambiar,
el mundo era un desierto.
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